EL TEMPLO. NÚMERO, GEOMETRÍA Y FORMA.

Josep M. GRÁCIA

A propósito de una visita a la Catedral de Girona y al Templo de Hércules de Barcelona

Página Principal

-----

Contacto

 

Si ser y conocer son una y la misma cosa, pues “sólo ‘lo mismo’ puede ser y pensarse’”, como dice Parménides, (DK 28 B 3), habrá que convenir que el Ser no es un ser existencial (porque entonces el conocimiento sería el conocimiento de las cosas que existen –burdas o sutiles-), ni tan siquiera ontológico, como el primum mobile de Aristóteles, sino metafísico. Dios no es de este mundo, las hipóstasis, sí; de hecho son el mundo. El símbolo es de este mundo, es el Mundo, lo que el símbolo simboliza no. Ese símbolo, ese Mundo, esa imagen de la Verdad –revelada o descubierta: aletheia- ha sido denominado Templo.

I. El Templo

Abusus non tollit usus

Una tradición del Midrash (método cabalístico de exégesis de los textos sagrados) afirma que siete ideas fueron concebidas con anterioridad a la Creación, entre ellas la idea de Templo. Como expresión de una idea, la forma del Templo no tiene ni figura ni dimensión; no es algo construido, aunque sí algo susceptible, y en cierto sentido necesario, de ser construido, sea esta construcción una forma verbal o escrita, un gesto o una construcción física inmueble o de uso nómada.

La construcción de un Templo, una cabaña ritual o una iglesia, es la máxima expresión de la identidad y conformidad de un pueblo con respecto a sus orígenes míticos: expresa formalmente su cosmogonía y, en consecuencia, su forma de aprehender el mundo. Es la expresión de su silencio y a la vez de la palabra proferida que lo constituye como tal. Encarna la construcción de una Memoria que se repite de boca en boca, fecundando a quienes tienen ojos para ver y oídos para oír. En el Templo, como en el corazón, se guarda lo más preciado, aquello que constituye el quicio de identidad con el Principio constructor del Mundo.

Olvidado y rememorado, instaurado y profanado el Templo, como “piedra viva”, se mantiene incólume, impasible frente a la incomprensión de los necios. No es un templo guardián del dogma, de la exclusión, de la culpa y del pecado… es un Templo que atesora “la palabra perdida”, el secreto (expresión máxima del Misterio) que no es revelado sino en el corazón de cada cual. Hay verdades que, por su propia naturaleza, no pueden ni deben ser expresadas sino de forma simbólica y en el Templo se da la posibilidad de habitar el símbolo; en su interior se dramatizar el rito – la fiesta- y se revive perennemente el mito. El Templo formaliza la idea del Mundo. El Templo es el Mundo. Todo lo que de verdad importa está representado y salvaguardado en el Templo; el nómada, además de lo puesto, lleva a cuestas el Templo o lo que es lo mismo, aquello que personifica su identidad y a la vez su conformidad con el legado tradicional que signa su estirpe.

La instauración de un Templo presupone la demarcación de un espacio que en virtud de determinados ritos fundacionales, es consagrado, delimitado y ordenado con respecto a otro espacio exterior asimilado al caos, a la silva aún por ser fecundada o conocida. Precisamente por su consagración, el Templo es el lugar de las hierofanías; en su interior, concretamente en su centro, real o simbólico, se dispone el Tabernáculo (el mishkan o “habitáculo divino”, el Sanctasantórum) donde se manifiesta la Shekinah, la "presencia real de la divinidad”. En la instauración del Templo el hecho que se persigue es establecer un centro a partir del cual se repite la cosmogonía, rememorando así aquel acto primordial y arquetípico (divino) de creación del Mundo. De ahí que a la divinidad creadora se la asimile a un gran Arquitecto como principio u ordenador cósmico.

Es el dios geómetra de Platón que con su compás traza los límites del Mundo, es decir, determina su extensa realidad, siendo el compás y la circunferencia un símbolo de este “trazo” que regula y ordena todo lo manifestado, desde el Centro (símbolo de la Unidad) a la periferia (símbolo del Mundo). El Mundo es, así, un todo completo en donde cada parte (cada punto del círculo) adquiere realidad por referencia al centro (su Principio).


Bible moralisée (c. 1250).

El Templo mítico modelo simbólico por antonomasia es, en nuestra tradición, el Templo de Salomón, guardián del Arca, símbolo de la tradición y fijación sedentaria de los antiguos templos nómadas. El Templo de Salomón, y por extensión todos los templos, están hechos según “los modelos que te han sido revelados” (Éxodo, XXV, 40); este “modelo” es una forma simbólica de expresar la doctrina tradicional. Bajo esta idea debe comprenderse el trabajo de los artistas tradicionales, en especial el de los arquitectos (asimilados a “geómetras”) que siguiendo las normas del arte, que consisten en “seguir fielmente la tradición”, es decir, los textos sagrados fundacionales de la tradición a través de los cuales se conocen y descifran los principios metafísicos, imitan –mimesis- este acto primordial.


Euclides enseñando geometría. La Escuela de Atenas. Rafael. (Fragmento)

La asimilación del Templo con una Nave se explica por la identificación del Templo como guardián y transmisor de la doctrina tradicional, de la tradición, en definitiva. Como el Arca o Barca (o Nave) de Noé, en él están depositados todos los elementos necesarios e imprescindibles para la salvaguarda de la tradición y su consecuente transmisión (tradición es tradere, “transmisión”). El Templo es, pues, una “piedra viva”, un símbolo habitable, un lenguaje poderoso y completo, una encíclica oriunda de la Metafísica dentro del cual se cumple y se representa el misterio del Conocimiento y se engendra el conocimiento del Misterio. La construcción del Templo se equipara con la consecución de la “Gran Obra” de la tradición hermética, con la construcción del “templo interno”, en verdad, el único y verdadero Templo. Hay una proporción, una analogía entre lo más pequeño y lo más grande, entre lo de arriba y lo de abajo, entre el micro y el macro Cosmos, entre el Hombre y el Mundo; se dice que ambos están hechos “a imagen y semejanza” lo que quiere decir que, a distintos niveles, constituyen un todo completo: se representa al Mundo como un gran hombre (el Adam Kadmon de la Cábala) y al Hombre como un cosmos en pequeño, representando en sí mismo el mismo orden y estructura del Mundo. Luego, Hombre y Mundo son consubstanciales, expresión de una misma y única esencia, de un único y mismo Principio o Unidad, causa eficiente y a la vez metafísica de toda posibilidad física.

El Templo es una imagen de ambos a la vez: es tanto una forma lógica del Mundo como del Hombre; es, en definitiva, una forma lógica de la Cosmogonía y de la Antropogenia. Una “forma lógica” quiere decir una forma comprensible, inteligible, una estructura racional que necesariamente hay que concebir en términos analógicos y paradigmáticos, de lo contrario pierde todo su valor significante. Esta analogía nos habla de una identidad esencial y, por ello, de una posibilidad latente en la naturaleza misma del ser individual de concebirse como un todo completo, como una unicidad análoga a la Unidad primordial.


“Los antiguos distribuían sus templo y edificios públicos según el modelo del cuerpo humano y procedían de la misma forma en todas las artes. Lo mismo que Dios confiere también a la maquinaria del mundo la simetría del cuerpo humano”. Agrippa de Nettesheim, De oculta Philosophia.


Inversamente, el Templo ha sido visto como la expresión formal (mediante los símbolos geométricos, numéricos, mitológicos y rituales) de un camino de conocimiento, de un méthodos (en el vocablo griego méthodos está hodós -camino-) gnóstico. El Templo, como forma construida, expresa a la vez que sirve de soporte a ese camino iniciático (son frecuentes las analogías entre Templo y Caverna iniciática).

La necesidad de un soporte matricial es tanto una condición de la manifestación como una condición del conocimiento. Sin una base formal que sirva de soporte al mismo proceso gnóstico no hay posibilidad alguna de conocer, y puesto que ese conocimiento no es un conocimiento de orden eminentemente dual, en donde objeto y sujeto se conocen por comparación, sino intelectual (= espiritual) en donde objeto y sujeto se conocen por identificación, esa base formal no puede sino ser de orden simbólico. No es, pues, un conocimiento acumulativo, o fruto de la investigación científica, que intente resolver las aparentes dicotomías; es un conocimiento que omite la información, soslaya la letra sin espíritu, descarta la validez de la forma si no es en tanto que símbolo, desconfía de las impresiones sensoriales tan cambiantes, ilusorias y perecederas como la misma materia, esgrime una jerarquía de las ideas emanada de la misma jerarquía de las cosas en la medida que las cosas emanan de las ideas. No ve el devenir como fruto de una evolución o involución sino como la expresión de una realidad mítica perenne y cíclicamente vivificada, actualizada. La preocupación por lo que fue y por lo que será desaparece en una sublimación de la perenne actualidad; nada hay más actual que lo que siempre fue y lo que siempre será.

Por esta razón, es inherente a la idea de Templo explicitar la posibilidad de conocimiento de esos mismos principios a los cuales él mismo representa de forma simbólica; el Templo, como la Caverna, se ha visto como “espacio” que representa con distintos elementos y formas simbólicas el camino de iniciación en los misterios. De ahí que en el Templo se ejemplifiquen los distintos grados o niveles de realización intelectual, y su estructura simbólica, numérica y geométrica, mitológica y ritual, haga referencia constantemente a ese camino.

Caverna iniciática como prefiguración del templo es el “antro de las Ninfas” y la Caverna de Platón, cuyo protoenunciado lo encontramos en Homero, quien también hace referencia a ese conocimiento diferencial con respecto al conocimiento discursivo que he descrito anteriormente: “En esta gruta, dice Homero, es preciso desprenderse de todo bien externo (Od. XIII 361-371), y desnudo, asumiendo el aire del mendigo (Od. XIII 434-438), lacerándose el cuerpo (Od. XIII 98-399, 430-431), rechazando todo lo superfluo y abominando los sentidos (Od. XIII 401, 433), deliberar con Atenea, sentada con ella al pie del olivo (Od. 372-374), sobre cómo cercenar todas las pasiones que acechan nuestra alma (Od. XIII 376-377). No sin razón también Numenio (fr. 33 Des Places) y su escuela pensaban que Ulises para Homero en la Odisea simboliza el hombre que atraviesa las sucesivas etapas de la generación hasta volver entre los que están libres de toda agitación “…hasta que llegues a esos hombres que no conocen el mar ni comen alimento con sal (Pontos, mar, agitación de las olas también en Platón son sinónimos del mundo material)” (Odisea, XI 122-123).

Uno de los símbolos que con más precisión describe ese camino iniciático es el laberinto, en virtud del cual se evoca la idea de un trayecto, desde una periferia hacia un centro “escondido”. Según diversas expresiones, que se corresponden con distintas formas tradicionales, a ese camino hacia el centro se lo ha llamado, también, la búsqueda de la “palabra perdida” o del santo Graal. El Centro como símbolo de la esencia, de la luz y del Sí mismo, indica un estado o nivel de realidad en donde toda dualidad o apariencia de dualidad se resuelve en una unidad de orden mayor. Lo “escondido” no es algo oculto en sentido estricto; más bien, la idea consiste en un proceso de “búsqueda” de una realidad sutil y espiritual que nos determina como seres humanos (creados, formados y hechos “a imagen y semejanza” de la divinidad) y que hemos olvidado. En realidad, pues, el proceso de conocimiento es un recuerdo de lo que en principio éramos: es, en realidad, un acto de descubrimiento, de desvelamiento –aletheia- de la realidad verdadera y esencial que se oculta bajo distintos ropajes ilusorios o transitorios. Ese recuerdo se explica, en nuestra tradición occidental, como una anámnesis que, literalmente significa un “no-olvido”, de manera que “lo escondido” viene a significar algo que debe ser nuevamente conocido o re-conocido; este conocimiento es, en verdad, un “co-nacimiento” (co-naître), un “nuevo nacimiento” a una “realidad trascendente” que, por otra parte, nunca ha dejado de estar presente en el ser individual, pues sólo puede descubrirse o conocerse aquello que siempre ha formado parte de nosotros.

Decir “realidad trascendente” es decir nada si no puede explicarse lo que subyace en esa expresión; con “realidad trascendente” se alude a la posibilidad de ser o identificarse con los principios de orden sutil que determinan nuestra “forma de ser” individual. Estos principios o “ideas” son los principios de las cosas, son eventos en el dominio sutil no sometidos al devenir cíclico o ilusorio, no sometidos a la determinación dualista que sólo contempla la posibilidad de conocimiento por comparación. Lo determinante es evocar la idea de la posibilidad de sobrepasar este dominio racionalista hacia una visión en donde todo se refunda en uno. En ello consiste, en definitiva y en pocas palabras, la búsqueda de la “palabra perdida” o el angosto peregrinaje por el laberinto.

II. El Templo, el número y la geometría

En el siguiente esquema se especifica el simbolismo numérico y geométrico del Templo. El esquema se aproxima al de un templo cristiano, cuyos ejemplos construidos pueden verse en las plantas de las catedrales de Reims, Amiens y Girona. La planta en cruz latina es una variación del esquema que no varia su simbolismo.

Plantas de las Catedrales de AMIENS, REIMS y GIRONA (los dibujos no están a escala)

La puerta del Templo prefigura, formal y simbólicamente, antes de entrar en su interior, el esquema que encontramos dentro de él, sobre todo en el plano en donde se sitúa el Ara (llamado “Alzado” en el esquema). La Puerta, como es sabido, es un símbolo de paso tanto desde el “mundo profano” que hace referencia a lo que no es el Templo como espacio consagrado, al “mundo sagrado” que es el Templo como espacio consagrado, como desde el Ara (como “punto final” de los “pequeños misterios”) a la sumidad del Templo y más allá de él hasta el “ámbito” de lo totalmente incondicionado, simbolizado por el Cero o No-Ser, (como final de los “grandes misterios” de la antigüedad grecolatina); lo que se corresponde con lo expuesto anteriormente con respecto a la Cosmogonía e Iniciación, como dos “caminos” inversos, pero análogos.

A este “ámbito” del No Ser Platón lo llamó Tò me ón –“lo no ser”- y a la Unidad Tò ón –“lo ser”- o Idea del Bien. Ciertamente, En el Occidente grecolatino, lo No Ser se ha formulado imprecisamente; así no obstante, puede verse mi Simbólica Arquitectónica, capítulo III, para más detalles, sobre todo las referencias al Sofista de Platón, a las Enéadas VI 8 (39), V 5 (32) y V 6 (24) de Plotino, al Traité des premiers principes de Dalmacius y al “Uno sin segundo” de Muhyî-I-Dîn ibn ‘Arabî.
Esa unidad –metafísica y ontológica a la vez- es “aquel punto del que depende el cielo y la naturaleza entera” al que se refiere Dante (“Infierno” XXVIII 41-42).



Esquema simbólico del Templo y su relación con los números y las formas arquitectónicas. © Josep M. Gràcia para

El estudio del simbolismo del Templo tiene un profundo valor si consideramos su analogía con el hombre. La forma del Templo es una didáctica, conforma una enseñanza completa que resume sintéticamente el contenido de la Ciencia Sagrada y promueve para el hombre un conocimiento de la estructura de la realidad, entendiendo por real el ámbito de las Ideas, tal y como ejemplarmente fueron expuestas por Platón y Pitágoras, representantes, para Occidente, de una línea intelectual cuyo origen mítico debemos buscarlo en el Oriente próximo, sobre todo, en Babilonia y Egipto.

En otra ocasión expuse cómo la philosophia echa mano de la forma arquitectónica para explicitar gráficamente los contenidos metafísicos; un ejemplo extraordinario lo encontramos en el mito de la caverna de Platón (véase mi Simbólica arquitectónica y la separataEl mito de la Caverna”) en donde Platón describe un hipogeo con una forma arquitectónica clara y precisa, con todos los elementos propios de su simbolismo, tanto por lo que respecta a su estructura –formal y geométrica- como su función. Reproduzco el dibujo que explicita la forma de la Caverna de Platón, tal y como él la describe. Los “caminos” H y V describen, respectivamente, el tránsito por los pequeños y grandes misterios.



Esquema de la Caverna de Platón. © Josep M. Gràcia. Simbólica Arquitectónica, Symbolos Ed., Barcelona, 2004, para

 

Barcelona, a 1 de junio de 2007. © Josep M. Gràcia. Creative Commons License Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons