LA CIUDAD DE GERION

Una aproximación a la fundación mítica, proyecto de ciudad y composición urbana de la ciudad de Girona.

Josep M. GRÀCIA

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II. LA CIUDAD HUNDIDA

"Fácilmente aceptamos la realidad, acaso porque intuimos que nada es real"
J. L.  Borges.  El inmortal

Real o inventada, la historia es historia; sería aventurado afirmar cual de las dos categorías ha sido más relevante, por lo que sumergirse en cualquiera de nuestras auténticas ciudades mediterráneas no está exento de emociones encontradas. A menudo, las percibimos como el cúmulo de muchas ciudades superpuestas, surgidas entre el azar y la necesidad, de una voluntad constructiva y de otra no menos voluntariosa deconstrucción, de una política y de una anarquía. La complejidad de su historia nos envuelve en un participio activo, en donde cada rincón, cada edificio, cada piedra, cada ciudadano, testigos mudos y cómplices, nos muestran un aspecto de su abigarrada vida dramática. De esa superposición quedan piedras sueltas, trazas de calles y callejuelas, vagas e incompletas formas arquitectónicas, gravados, crónicas, epigrafías, leyendas, relatos legendarios y mitos fundacionales... toda una serie de indicios con respecto a los cuales elaboramos un phantastiké, un “simulacro” de lo que pudo ser, de cómo pudo ser o de cómo ha ido siendo.

Desde las ciudades más antiguas conocidas nacidas en torno a monarcas y héroes fundacionales, a la ciudad de los ciudadanos griega y romana, pasando por la humilde ciudad medieval y la escenográfica, monumental y cosmopolita ciudad renacentista pensamos, poco más o menos, que la ciudad ha sido una resultante de intereses políticos, económicos y sociales fijados por la voluntad de sus gestores, sean políticos o arquitectos. Sin embargo, la resultante última, la heterogénea, yuxtapuesta, arbitraria pero deslumbrante y altiva ciudad moderna nadie duda en afirmar, ni los historiadores más autorizados, que aún conservando su aquel característico, está “exenta de alma”, exenta de “carácter urbano” (Delfante, 2006). En esta tesitura, no son pocos los académicos que reconocen que cuando se enfrentan al estudio de la Ciudad histórica, de la ciudad compacta, no pueden hurtarse de la incómoda impresión de que los interrogantes que aparecen son la expresión encubierta de un saber común, en esencia de carácter simbólico, compartido por distintas formas tradicionales y cuya comprensión es directamente proporcional a la capacidad que tenemos de utilizar el mismo código, que es como un lenguaje universal. Ciertamente, hay cosas que por su naturaleza no pueden ser dichas, explicadas o resueltas sino de forma simbólica. Y la Ciudad antigua, es una de ellas. La excesiva necesidad científica de fechar los eventos, de concretar un punto fijo, un ex novo, a partir del cual empieza todo, en el tiempo y en el espacio, no facilita las cosas. Estamos más interesados en saber históricamente cuándo y qué se hizo que el sentido de todo ello; un sentido que tiene que ver, ante todo, con la necesidad de habitar el mundo y no sólo de vivir en él. Nuestro lenguaje, luego nuestro pensamiento, incorpora toda una serie de conceptos recibidos eminentemente aristotélicos que han cuajado en nosotros de forma resueltamente definitiva; desde que Aristóteles, en el Libro VII de la Poética, estableciera el punto de vista con respecto al cual juzgamos e indagamos el devenir, como una trama narrativa de un pasado que es menos a un futuro que es más, en donde la clave reside en el sentido de secuencia y linealidad, la ciencia, en este caso, la Historiografía, la Arqueología y la Arquitectura han visto la Ciudad como una masa de memorias superpuestas cocida en el horno de la historia; la ciencia empírica se afana en quitar la hojaldre al pastel y, literal o figuradamente, decapa el subsuelo en busca de esa, valga la expresión, memoria olvidada, reconstruyendo los pedazos de un todo que ya no existe como cuerpo cierto. La cuestión reside en que este punto de vista, lícito, pero exclusivo de Occidente, se ha convertido en un punto de vista excluyente con respecto a todo lo que no se refiera a él.

Para el Occidente mediterráneo, la polis griega y la civitas italiana conforman el modelo sobre el que se basa nuestra concepción de la ciudad; para la Historiografía, ambas son el resultado de un lento y paciente proceso político, económico y social, desde viejas comunidades agrarias organizadas en torno a clanes gentilicios hasta unos asentamientos políticamente organizados en puntos estratégicos del territorio. Sin embargo, en esta evolución in crescendo, desde comunidades ágrafas de la Edad de Piedra hasta las metrópolis griegas o romanas, incluso hasta la ciudad renacentista, nadie discute que subyace un “substrato religioso” o pensamiento mítico y simbólico en la concepción de la ciudad, pero la religio es vista como el resultado de una necesidad colectiva de explicar y avalar históricamente la aparición de esos núcleos políticos: como si el mito fundacional, presente en todas las ciudades más antiguas conocidas fuera el resultado de una voluntad o necesidad de afirmación de una comunidad ya organizada, que se pregunta por sus orígenes, que indaga sobre su porvenir. Por ejemplo, en la Introducción del catálogo de una interesantísima exposición realizada en Barcelona en el 2000 bajo el título “La fundación mítica de la ciudad”, a propósito de la ciudad romana se decía: “... el éxito histórico de Roma fue construir un imperio que abracaba todo el mundo conocido. Para justificarlo, la ciudad necesitó imaginar un pasado mítico que explicase su destino universal.” (Azara et alii, 2000). Ese “sentido evolutivo” y prosaico enraizado en la noción aristotélica de una superficie finita y diferenciada, y por lo tanto, discontinua es totalmente ajeno a un pensamiento mítico y simbólico, que es el pensamiento con respecto al cual fueron fundadas nuestras ciudades, y no sólo las romanas. O quizás es que se confunde la religio, de carácter tradicional y metafísico, con la superstitio, de carácter local y exótico, y esa confusión, dentro de un ámbito intelectual como es el académico, no deja de ser sorprendente. Y si todo ello es verdad, a saber, que hemos ido de menos a más, pero acabamos por concluir que nuestras ciudades están “exentas de alma” ¿qué ha pasado? Es decir, que la ciencia moderna, y eso desde todas las disciplinas, afectadas consciente o inconscientemente por la visión prospectiva de la historia, enraizada en un racionalismo basado en la falacia ubi dubium ibi libertas (sólo donde hay duda, hay libertad), nos dice que estamos en una evolución in crescendo, en donde el incierto hoy nos conduce a un espléndido mañana, a la vez que nuestras ciudades han perdido su carácter y están “exentas de alma”. Eso, cuando menos, es incoherente; a menos que admitamos que la evolución consiste precisamente en eso: en perder o vender el alma.

Desde un pensamiento mítico y simbólico la Ciudad es el verbo de una voluntad constitutiva, la palabra proferida (=construida). Un evento que distingue y confirma una cosmovisión, que define y determina un habitar el mundo. Establecer un asentamiento, sea este permanente o itinerante, nómada o sedentario, es la máxima expresión de la identidad y conformidad de un pueblo con respecto a sus orígenes míticos: expresa formalmente su cosmogonía y, en consecuencia, su forma de aprehender el mundo. Y eso, en no importa qué tradición; en no importa qué forma se estructure esa imago mundi. Ese pensamiento mítico es ajeno, aunque no niega, al sentido de secuencia y linealidad, pero se estructura en torno a una visión simultánea en donde pasado y presente se resuelven en una permanente actualidad. El mito de la Ciudad oculta de Agartha reside en cada ciudad ritualmente fundada, que es el Centro del Mundo; y este Centro, que está en todas partes, subyace en y a través de la historia, que no está en ninguna parte. Eso que llamamos ciudad es básicamente orden, expresado geométricamente, y símbolo, rito y mito: eso es lo que de eterno tiene una ciudad. Y para que eso sea habitable se requiere una composición urbana: eso es lo que de histórico tiene una ciudad. Y esa trilogía, a saber, orden, simbolismo y composición urbana, es lo que hemos perdido; esa es la Ciudad hundida.

Creo que no hacen falta muchas explicaciones para afirmar que lo esencial en la historia de la ciudad está en el acto mismo fundacional, en la innumerable presencia de dioses y semidioses, de héroes y reyes que habitaron el lugar a través de los eones y que lo cualificaron haciendo de cada topos una verdadera representación del Mundo, o si se quiere de un o su mundo, que viene a ser lo mismo. Ya sea como la expresión de una fundación autóctona, como es el caso de la Atenas griega, de una fundación fruto de una migración legendaria, como es el caso de Roma con Eneas, o como una fundación fruto del retorno de antiguos pobladores, como es el caso de Esparta, la Ciudad, en tanto que modelo simbólico tradicional, como expresión construida de una cosmovisión, se instituye y se constituye como refundación tradicional, y acontece siempre en términos míticos y en un punto crítico: la inflexión entre Ciclos o Edades Cósmicas, o entre un mundo obsoleto y otro nuevo que lo actualiza. Héroe fundacional y Crisis están en el origen de la fundación de la Ciudad: en ese momento hay un “paso al límite”, un punto solsticial en donde muere y nace, es decir, se actualiza, una cosmovisión; hay siempre analogía y correspondencia entre principio y fin, lo que simbólicamente se expresa como la “cuadratura del círculo” y la manera adquirida y representativa de formalizar este cambio es la fundación de la Ciudad, que es, en verdad, la fundación fáctica de una forma tradicional. Esa Ciudad para tal fin fundada es el Centro del Mundo, es decir, un lugar en donde el espíritu se materializa y la materia se espiritualiza que, en tanto que lugar sagrado, se instaura como modelo bajo cuyo ejemplo se habrán de fundar las diversas ciudades o asentamientos a lo largo del desarrollo de la específica forma tradicional; un ejemplo significativo, por próximo y de sobras documentado, es Alba Longa, fundada por Eneas, luego en el marco del círculo troyano, como Roma, en ese “paso al límite”, en ese momento crítico de fin e inicio de un nuevo ciclo o forma tradicional. Roma se convirtió, así, en el ejemplo de cómo debían ser las innumerables ciudades republicanas e imperialistas fundadas bajo esa forma tradicional: Barcino (Barcelona), Lucus Augusti (Lugo), Gerunda (Girona), Tarraco (Tarragona), Baetulo (Badalona), Caesaraugusta (Zaragoza), Emerita Augusta (Mérida)... por mencionar sólo algunas de nuestro entorno ibérico. Entonces, sólo imperfectamente podemos considerar que estas ciudades fueron fundadas ex novo: el arce sacrorum stramentis tecta, “fortaleza sacra cubierta de henos”, es decir, la imagen o réplica vicaria de la Casa de Rómulo en el Palatino, verdadero centro fundacional de Roma, se encontraba legítimamente reproducido en cada ciudad –en el caso de Barcelona, vid. (Gràcia, 2007)-, pero es que, además, como por otra parte está bien documentado, la mayoría de estas ciudades fueron fundadas sobre antiquísimos asentamientos existentes en cada lugar en un acto genuino de reconocimiento de la unidad esencial de todas las tradiciones.

En esa tesitura, más y menos, antes y después, si bien tienen su expresión espacio-temporal, no constituyen nada verdaderamente relevante desde un punto de vista simbólico, que es el que aquí interesa: los símbolos, ritos y mitos no entienden de cronologías ni ideologías. No es cuestión de creencia, sino de comprender que para un pensamiento mítico la realidad es siempre una concordia entre Cielo y Tierra, entre lo conocido y lo desconocido. Y para que esa concordia pueda ser advertida, el código simbólico actúa como intermediario. Los símbolos, ritos y mitos son la expresión de esa avenencia, de esa philia entre hombres y dioses, de esa analogía y correspondencia entre todos los órdenes de realidad o entre micro y macrocosmos, y una expresión de que, al fin, todo es Uno. Y que la Ciudad, que es una representación de nuestra forma de habitar el mundo, es una unicidad, una imago mundi símbolo de esa Unidad. El corazón de la ciudad es más que una simple metáfora: es una realidad palpable y palpitante, enérgica y hermética a la vez, a la que hay que comprender y conquistar, escuchando e intuyendo, incluso identificándose con ella, pues hombre y ciudad, comparten orden y simbolismo.

 

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Girona, Solsticio de invierno de 2009.