LA CIUDAD DE GERION

Una aproximación a la fundación mítica, proyecto de ciudad y composición urbana de la ciudad de Girona.

Josep M. GRÀCIA

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III. PLAN IDEAL PRECONCEBIDO Y COMPOSICIÓN URBANA.

Cierta perplejidad, junto con un no menos incómodo complejo de inferioridad nos embarga, al menos a mi, cuando intuimos que las ciudades más antiguas conocidas no fueron objeto del azar, de la necesidad o de una generación más o menos espontánea. Lo azaroso, lo fortuito, el desorden y la anarquía son conceptos que contemplamos simplemente porque conforman la triste realidad de nuestro entorno urbano. Una especie de darwinismo gnoseológico provoca que incluso los historiadores más sagaces de la ciudad consideran sólo hipotéticamente el hecho de que las ciudades más antiguas conocidas hayan tenido un proyecto que determina en forma y función la Ciudad (cf. Delfante, 2006:12) y (Lavedan, 1941). Claro que los interrogantes más desconcertantes aparecen cuando nos enfrentamos al estudio de la ciudad anterior a la polis griega o a la urbs latina (vid infra, FIG 3 a FIG 6), ya que estas últimas gozan de una amplia documentación que avala la certeza de que la ciudad, antes de ser construida, no sólo se dibujaba sino que, con más propiedad, se proyectaba. Desde mi punto de vista, eso no es una hipótesis: es una realidad, por no decir un obviedad. Ese “dibujo”, que es en esencia la “idea de ciudad” y un resueltamente un proyecto arquitectónico, no sólo satisface un programa condicionado por circunstancias políticas, sociales, técnicas y económicas (dejando de lado ciertas construcciones meramente representativas, la ciudad es para vivir en ella, ha de ser construida y ha de resolver dichas necesidades), sino que, básicamente, es una representación simbólica de una cosmovisión, es una cosmología basada en una metafísica y que, por lo tanto, requiere de una enunciación de facto que, en nuestra disciplina, se resuelve en un proyecto dibujado. No dudo de que algunas veces el azar y la necesidad hayan jugado un papel importante o que determinadas circunstancias se hayan producido de forma más o menos fortuita; pero esto es la excepción. Nosotros pensamos muchas veces que los antiguos actuaban más o menos como nosotros, a saber, que hay una “arquitectura sin arquitectos” o un crecimiento más o menos sostenible, pero incontrolado y especulativo. Pero no es así en absoluto. En las mentalidades tradicionales, nada es baladí; nada se deja al azar; nada es posible sin un artífex cualificado, (en posesión de una scientia y de una téchnè, por utilizar expresiones familiares), que lo haga posible (y eso en cualquier disciplina).

Es decir, que podemos decir que el “hecho urbano”, con toda la ambigüedad y amplitud de la expresión, requiere de un proyecto, y que este proyecto arquitectónico se explicita, en primer lugar, mediante un Plan ideal preconcebido y, en segundo lugar, mediante lo que llamamos en sentido amplio una composición urbana. El Plan ideal preconcebido es lo que determina de qué forma, según qué proporciones, en base a qué geometría, de acuerdo con qué cosmología y en virtud de qué ritos fundacionales debe construirse una ciudad; es decir, determina el límite (temenos) entre lo que debe ser y lo que no debe ser. Pero es que la Ciudad ha de construirse y la construcción de la ciudad incorpora diversas circunstancias que, si bien tienen igualmente un sustrato simbólico, determinan concretamente su carácter: la composición urbana, que admite y resuelve tanto dichas variables espacio temporales como técnicamente su puesta en obra (su construcción) y un programa edilicio representativo que, como ya se ha dicho, se dilata en tiempo y espacio. Brevemente: la composición urbana determina cómo debe ser y cómo no debe ser la ciudad.

El Plan ideal preconcebido es preferente con respecto a la composición urbana; es como una doctrina de máximos que sustenta y justifica el hecho mismo de construir, luego la posibilidad de habitar en plenitud aquello que ha sido construido. En el ámbito académico siempre se ha considerado que la composición urbana se expresa mediante un dibujo y que este dibujo, al que llaman trazado regulador,es instrumental con respecto a la composición urbana de la ciudad. Sin embargo si convenimos que la Ciudad es eminentemente la expresión de una forma de habitar el mundo y que, en tanto que tal, expresa simbólicamente esa cosmovisión a la que me he referido anteriormente, y que eso sólo es posible mediante la articulación de complejísimos ritos fundacionales y de consagración, lo cual está perfectamente documentado, hemos de convenir que es justo al revés; a saber, que la composición urbana es instrumental con respecto al Plan ideal preconcebido, el cual incorpora en esencia la idea de Ciudad. Eso ocurre porque se confunde el Plan ideal preconcebido con lo que se ha llamado vagamente el trazado regulador, y en esa confusión la Academia lo considera banal, aunque convendría replicar que banal... quizás sí, aunque tan banal como el huevo de Colon, como dice Delfante. El Plan ideal preconcebido no es sólo un esquema geométrico y numérico sino algo mucho más que eso: es una representación simbólica que incorpora símbolo, rito y mito; requiere, en primer lugar, una dramatización ritual a través de los ritos fundacionales y de consagración que se dramatizan periódicamente en tanto que fiesta conmemorativa de esos actos de fundación y consagración que son la expresión de un tiempo mítico y siempre actual representado en esencia por el calendario e incorpora, en segundo lugar, tanto el numero y la geometría como un despliegue narrativo que remite a una genealogía mítica con respecto a la cual la Ciudad, luego la tradición, se vincula filialmente.

En todo proyecto arquitectónico subyace una cosmovisión que se encuadra en la tradición metafísica propia de cada tradición; una ciudad o un templo son imago mundi y, en tanto que tales, expresión física de una metafísica. La física, es decir, lo construido, expresa simbólicamente mediante la geometría y el número, mediante el mito y en virtud del rito, esa cosmovisión, esa metafísica. Pero hay un factor igualmente necesario a considerar que es la adecuación al entorno, la posibilidad real de que esa cosmovisión resuelta en un Plan ideal se materialice en el lugar escogido, según el conocimiento pleno de la disciplina por parte del Architéktõn que es quien al fin, como veremos, es capaz no sólo de concebir el Proyecto sino de construirlo. Entonces, conviene no caer en el error de considerar el Plan ideal como una especie de explicalotodo y de considerar que si la ciudad construida, la composición urbana, no se adecua exactamente al Plan ideal preconcebido, es que éste no existe o es una entelequia fruto de la imaginación de quien lo propone (el prejuicio de la precisión es, también, un rasgo característico de nuestra modernidad). En ese error caen tanto los demasiado propensos a un esoterismo vacío de oficio como los historiadores que para creer han de ver. Quizás debiéramos, de una vez por todas, resolver este dualismo excluyente comprendiendo que física y metafísica conforman un todo indisoluble, con el fin de que los físicos dejaran de negar la metafísica y los metafísicos dejaran de minimizar, incluso ridiculizar, la puesta en obra. En otras palabras, el Plan ideal preconcebido está hecho “a ojo de buen cubero”: no es preciso, pero sí exacto; es una forma sin figura ni dimensión que contiene y expresa la idea de ciudad, y está elaborado por aquellos que saben con exactitud “construir el cubo central de la rueda” o, en otras palabras, por aquellos que conocen como se cuadra el círculo, cómo se cubica una esfera, cómo la ciudad celeste se cuadra y deviene ciudad terrestre.

Si consideramos lo más original y radical del hecho propio de construir, que es el establecimiento de un centro (templum) a partir del cual se repite la cosmogonía, un acto, como dijo Rykwert (Rykwert, 1985), de anámnesis, de instauración de un Centro del Mundo a imagen y semejanza del acto divino de constitución del Cosmos y que en esencia consiste en demarcar un ámbito ordenado en contraposición al caos circundante, que es la silva, hemos de convenir que este acto o gesto es uno en esencia, siendo múltiple en cuanto a los fines perseguidos. Sólo el artifex o el Architéktõn es capaz, mediante el conocimiento de los principios universales, y no sólo generales, en los que se basa su praxis, de establecer y trazar los planos de cómo ha de ser estructurado este orden, sea una ciudad o un templo. En la práctica, el muro ritual define simbólicamente éste ámbito sacralizado y la muralla lo define materialmente: Vitruvio utiliza el sustantivo moenia, literalmente “muralla” o “recinto amurallado” como sinónimo de “ciudad” (De Arch. I,4,1). En occidente, el mito de Gilgamesch, monarca fundacional de Uruk, en el tercer milenio a.C. y la fundación de la ciudad de Euskeria, la actual isla de Corfú, relatada en la Odisea (6,7), conforman sendos paradigmas de cómo se establece ese acto fundacional de demarcación de un ámbito sacralizado y protegido por murallas.

Este modelo de Ciudad responde a una representación gráfica que se conoce como “triple recinto druídico”, (FIG 1) (vid. (Guénon, 1962;X)) pero que, pese a esta designación, no es exclusivamente celta sino un esquema ideal de la ciudad que se remonta a la tradición Atlante, como explica Platón en el Critias (115c ss.). Este esquema representa, básicamente, el temenos sacralizado de la ciudad o templo; en terminología etrusco-latina, el muro ritual, la muralla defensiva y, en el centro, el templo o la ciudad, a la que podemos añadir la “malla hipodámica”, y las cuatro puertas, opuestas en forma de cruz (FIG 2). Tanto el ámbito entre el muro y la muralla como entre la muralla y la trama de la ciudad definen, por su carácter sacro, espacios libres de edificación (promoerium o postmurum).

FIG 1. “Triple recinto druídico



FIG 2. Esquema fundacional de la Ciudad etrusco-latina

Es un esquema fundamental y fundacional que prefigura la idea de ciudad tradicional; se encuentra en casi todas las ciudades antiguas conocidas: Mari (FIG 3), hacia 2900 a.C., de planta circular y recinto amurallado; Uruk, finales del II milenio a.C., con un zigurat en el centro de la ciudad, rodeado de barrios divididos por oficios y recinto amurallado; Ur, capital de Sumer, vinculada a Abraham (Génesis XI, 24-32) de perímetro oval, rodeada de murallas a la orilla del Eufrates; la babilónica Borsippa (FIG 4), hacia. 1750 a.C., también rodeada de murallas, un primer ejemplo de trazado regulador sobre una base matemática que organiza la ciudad de forma proporcional a partir de un módulo cuadrado (8x10 módulos), y cuyas partes más representativas están en proporción áurea, que permite la subdivisión en barrios y espacios urbanos; Jorsabad (FIG 5), hacia 707 a.C., sobre la que se descubre un trazado regulador ortogonal casi cuadrado, rodeada de murallas o Nínive, III milenio a.C., (FIG 6), relacionada con Jonás, de planta amurallada, casi cuadrada a la que se le superpone un trazado regulador matemático. Obsérvese como todas las ciudades están orientadas igual (la de Mari, al tratarse de una maqueta, y, por lo tanto, no se sabe si es una casa, un templo o una ciudad, no se la conoce, pero se la supone).

FIG 3. Planta de la casa/ciudad/templo (¿?) de Mari. Milenio III a.C. (Margueron, 1983:30-35), (Margueron, 1996:37), (Delougaz-Lloyd, 1942:172)



                  FIG 4. Planta de la ciudad de Borsippa. Milenio II a.C. (Delfante, 2006:36)



FIG 5. Planta de la ciudad de Jorsabad. Milenio I a.C. (Delfante, 2006:34)


FIG 6. Planta de la ciudad de Nínive. Milenio II a.C. (Delfante, 2006:37)

 

 

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Girona, Solsticio de invierno de 2009.