LA CIUDAD DE GERION

Una aproximación a la fundación mítica, proyecto de ciudad y composición urbana de la ciudad de Girona.

Josep M. GRÀCIA

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IV. TOPOS, LOGOS Y MITHOS

En la fundación de una ciudad, el sentido de topos, de territorio y lugar, es determinante. Y no sólo un topos terrestre, sino también celeste. De ello da fe la estructura de los ritos fundacionales conocidos, en donde el acto de demarcar el ámbito de la ciudad tiene carácter hierogámico: la silva que es una “tierra virgen”, una “tierra de nadie”, en virtud del acto fundacional es “fecundada” por el logos divino expresado a través de signos y señales que sólo el augur es capaz de advertir. En virtud de este acto, el ámbito demarcado es análogo a esa otra Tierra prototípica, celeste e Ideal y, por ello, es imago mundi, es decir, una imagen simbólica del Kosmos, y Centro del Mundo. Sin embargo, en los ritos fundacionales hay otro aspecto igualmente relevante: el logos divino, el Verbo cuya palabra proferida (manifestada por signos y señales) ha determinado la consagración del topos permanece como seña de identidad en y de ese mismo topos, que en virtud de esa hierofanía ha sido consagrado. Ese Verbo aparece entonces como ónoma (Nombre). Y ese Nombre incorpora la cualidad del Héroe fundacional y remite a una genealogía divina con la que el topos consagrado tiene como una relación filial. Es ahí donde la figura del Héroe fundacional mítico adquiere un profundo significado: en la Ciudad vive y pervive el Héroe fundacional. Así, Lucus Augusti es la Ciudad o topos (“bosque sagrado”) de Augusto, Lyon (Lugdunum) la Ciudad de Lugh, Barcino la Ciudad de la dinastía de los Bárquidas o de Hércules. Y Girona, la Ciudad de Gerion, como espero puede comprenderse al final de este artículo.

Sin embargo, también es cierto que la toponimia proviene del paisaje. Por una parte, la tierra da lugar al nombre, pero sólo en virtud de los ritos de fundación y de consagración, que incorporan símbolo, rito y mito, se da nombre al lugar. De facto, “dar nombre el lugar” es un evento último que culmina el rito fundacional, y no sólo de una ciudad. Un ejemplo de sobras conocido al que ya me referí en un artículo anterior (Gràcia, 1993), es el de la tradición etrusco-latina: en el subsuelo del templum (centro de la ciudad)se construía una cavidad llamada mundus en la cual se alojaban tres cosas: los restos del ave que fuera portadora de los buenos augurios, un puñado de tierra traída de una ciudad hermana y, posteriormente, los restos del héroe fundacional. Así en el mundus se "fijaban" los tres niveles cósmicos: Cielo (simbolizado por el ave oracular o potadora de buenos augurios), Hombre (héroe fundacional) - Tierra (puñado de tierra, generalmente de una ciudad vecina o de la ciudad Capital), y sólo en virtud de que el templum era el lugar de unión de estos tres niveles cósmicos puede decirse que es el verdadero Centro de la ciudad; esos tres niveles pueden hacerse corresponder, igualmente con el “triple recinto” antes mencionado. Y es a partir de este "Centro del Mundo" que se repite la cosmogonía demarcando en el territorio, es decir en la dimensión horizontal, el "límite de lo sagrado". El mundus era una cavidad circular y se cubría con una losa de piedra, sobre la cual se erigía un altar en donde se encendía un fuego que pasaba a ser el focus de la ciudad. En este preciso momento el héroe fundacional daba nombre a la ciudad en número de tres: un nombre secreto, otro sacerdotal y el nombre público, lo que equivale necesariamente a personalizar los tres niveles antes mencionados y de los cuales la ciudad era síntesis. Así, el augur en tanto que pontifex y símbolo del Hombre universal e intermediario entre Cielo y Tierra da nombre al lugar.

Toponimia y Mithos están interrelacionados en los nombres de nuestras ciudades peninsulares (Caridad, 1995); de ello dieron buena cuenta el arzobispo de Toledo, Rodrigo Ximenes de Rada (s. XIII), quien en su De rebus Hispaniae no dudaba en afirmar que toda hispania había sido fundada, o poblada, por Túbal, hijo de Jefet, nieto de Noé, después del Diluvio universal. El obispo de Girona Joan Margarit (s. XV) quien habló de las gestas de Hércules en la península, su victoria sobre Gerion atribuyéndole la fundación de no pocas ciudades peninsulares, entre ellas las catalanas Vic, Barcelona, Girona o La Seu d’Urgell. O el humanista italiano Annio de Viterbo (s. XV) quien también defendió la fundación del mundo, y en concreto, la península Ibérica, por Túbal. En estos autores se entrecruza el círculo troyano con el diluviano y no parece haber contradicción sino, por el contrario, asunción de una perenne actualidad o concordia expresada formalmente por diversas tradiciones. En esa visión, cabría no dar demasiada importancia al hecho de que Annio de Viterbo basó sus razonamientos sobre un manuscrito babilónico descubierto por él que, al final, resultó ser falso; o a que Ximenes de Rada parece que se inventó toda esa suerte de reinos instaurados por Túbal; o a que Joan Margarit no dudara en atribuir a Gerion la fundación de Girona, cuando, desde Hesíodo y Apolodoro, Gerion ha sido situado en los reinos de Galicia, Lusitania y Bética. Como se ha dicho, toponimia y mithos están indisolublemente unidos en el nombre de nuestras ciudades y si convenimos que dichos autores tuvieron una relevancia intelectual indiscutible, hemos de convenir que el principio de la razón suficiente encontrará siempre en ellos un escollo infranqueable.

 

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Girona, Solsticio de invierno de 2009.