LA VERDAD ES SIMPLE

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Decir "Sí a la Arquitectura" es decir mucho y nada a la vez. ¿Sí a esa "arquitectura" especulativa insana e insalubre que ha destrozado el territorio? ¿Sí a esa "arquitectura" que ha dejado nuestra ciudades "exentas de alma"? ¿Sí a esa "arquitectura" mediática tecnomaníaca y sometida a los intereses del capital? ¿Sí a esa "arquitectura" de base funcionarial?

Nosotros decimos

Se nos conoce por nuestras obras

 

LA VERDAD ES SIMPLE.

El Anteproyecto de Ley de Servicios Profesionales propuesto por la derecha neoliberal puede abordarse desde dos puntos de vista extremos: como un nuevo ataque frontal a los arquitectos, con implicaciones directas sobre la Academia y sobre el Colegio Oficial, o como una consecuencia lógica del Paradigma occidental moderno en el que estamos inmersos. Entre ambos hay una miríada de matices, pero todos acaban siendo coartadas que nos hurtan de la posibilidad de mirarnos al espejo y ver.

El primer caso, plantea un problema competencial, defendido con sendos argumentos por profesionales, académicos y Colegios oficiales con claro argot bélico y táctica de guerra de guerrillas. En el segundo caso, sólo puede admitirse que ésta es una guerra perdida: nunca vamos a ganar la batalla a la ingeniería, porque el saber ingeniero está firmemente instalado en el sistema político, social y cultural de la modernidad occidental. La ingeniería, de cualquier tipo, política, estructural, informática, biomédica… etc., es la modernidad y la arquitectura, en el marco de esa modernidad, o es ingeniera o no es. Entonces, si lo único que reclamamos es una cuestión de competencias, hemos entendido solamente una parte pequeña del problema; podemos luchar hasta la extenuación pero no conseguiremos más que unas pocas migas del pastel competencial y acabaremos –o continuaremos- sometidos a los criterios del saber ingeniero, y no avanzaremos en absoluto. Sin embargo, este momento nos ofrece la oportunidad de refundarnos, de tomar nuevamente las riendas del saber que representamos y decir claro y alto qué somos, qué representamos y cual es nuestro cometido dentro de la sociedad contemporánea, y no dejar que sean los demás quienes nos lo digan.

Un simple vistazo a la historia de la humanidad revela el hecho que la disciplina de la Arquitectura ha representado como ninguna otra los valores materiales, psicológicos y espirituales intrínsecos de una Cultura, hasta el punto de representarla plenamente en forma y función; nuestro mundo contemporáneo no es una excepción, sólo que lo que está en tela de juicio ahora es, justamente, la ética de esos valores o, dicho más claramente, la reducción de la Arquitectura a un hecho material y psicológico; dentro de “lo material” está la sumisión a los intereses del capital y dentro de “lo psicológico” la sumisión a criterios estéticos y plásticos trasnochados y extravagantes: "lo bonito" substituye a la belleza, lo económico a la economía, lo práctico a la funcionalidad...

Una parte fundamental del asunto no es nuestra opinión de qué somos y para qué servimos, es decir, de cómo nos vemos nosotros a nosotros mismos, sino cómo somos vistos por cualquier ciudadano de a pie y por los trias política, los poderes del Estado. Obviamente, de cómo nos ve cada cual depende el valor que cada cual nos da: tanto para la sociedad en general como para el legislador, político o juez en particular la disciplina de la Arquitectura es considerada una Ciencia aplicada en su vertiente más dura, una tecnología. Y nosotros, admitimos esta reducción, y admitiéndola desvelamos que tenemos un problema enraizado en lo más profundo de nosotros mismos: se trata de un problema de identidad: pese a todos los argumentos que puedan argüirse, desde los más primarios a los más preferentes, especializados y eruditos no sabemos como colectivo autónomo, colegiado y académico, ni quienes somos, ni qué representamos ni, en el fondo, a quien servimos.

Por supuesto, también hemos olvidado de donde venimos y no acertamos a explicar a la sociedad en general, y al legislador en particular, el porqué de nuestra verdadera razón de existir.

El problema, o la crisis de identidad nos ha dejado mudos, sin argumentos.

UN POCO DE HISTORIA

Este “poco de historia”, empieza en la historia reciente. No puede ser de otra manera porque este breve texto no da para más. Naturalmente, habría mucho más que decir, pero para ello, ya están los textos especializados de los que daremos cuenta en el epílogo. Lo que enseguida definiremos como Saber científico y Saber ingeniero, pese a que nos referiremos a ellos como paradigmas autónomos son, en realidad, un solo paradigma cultural que se contrapone a otro paradigma que llamamos tradicional, de carácter metafísico, que es radicalmente distinto –por bien que en presencia en otras culturas no occidentales- al paradigma moderno occidental. Más adelante, en el capítulo “lo otro”, hablaremos de él. Ahora, vayamos por partes.

Desde el siglo XVI hasta finales del siglo XIX en el organigrama de la Academia de las Ciencias la Arquitectura era considerada una Ciencia aplicada, se distingue claramente de las Ciencias experimentales, sociales, naturales y puras. El común denominador las Ciencias es el experimento comprobable, que es la base científica que otorga rango de conocimiento claro y distinto, Descartes dixit, de la realidad a cada disciplina y fundamenta la aplicación en la praxis de los resultados de la investigación, sea esta aplicación una propuesta en el ámbito del pensamiento. Por otra parte, el común denominador de las Ciencias aplicadas es, como su nombre indica, la posibilidad de aplicar en la praxis los conocimiento científicos, es decir, su componente técnico. Las Ciencias aplicadas son, en mayor o menor grado, tecnologías. Sin embargo, la Arquitectura, siendo considerada una ciencia aplicada, gozaba todavía de cierto status humanístico. Nadie lo ponía en duda. Un arquitecto era un técnico, cierto, pero ante todo era un intelectual (la idea de “artista” es una idea ilustrada posterior que, por ahora, no entra en consideración) que especulaba con el conocimiento y aportaba visiones de la realidad basadas en intuiciones y despliegues filosóficos. Servía a la sociedad también como pensador, ofrecía ideología y aglutinaba inquietudes e intereses. Es decir, no sólo aplicaba soluciones sino que aportaba ideas. Sin embargo, esta distribución del saber ha sufrido un notable cambio en los últimos 150 años. Y este cambio es el que nos define como modernidad (occidental) y, en consecuencia, define el rol que desempeñamos a ojos de la sociedad. Este cambio es de tal naturaleza que conforma un nuevo paradigma cultural. Este Paradigma es el que no podemos obviar, porque está en la base de nuestra crisis de identidad.

Este Paradigma es lo que hemos llamado el Paradigma, lineal y evolutivo.

Hasta bien entrado el siglo diecinueve, se distinguían claramente dos saberes científicos: el saber científico experimental y el saber científico aplicado. El científico experimental, era aquel que oficiaba en su laboratorio dedicándose a investigar la realidad positiva buscando leyes y principios con un amor incondicional por la objetividad científica como única y verdadera vía de saber, tuviera o no, esto es muy importante señalarlo, aplicaciones en la praxis. El saber científico experimental era, pues, un saber de descubrimiento de leyes y principios en presencia; el saber científico aplicado era un saber de invención, era una tecnología: una cosa es descubrir la electricidad (saber científico o experimental) y otra inventar la bombilla (saber tecnológico o aplicado). El científico aplicado, el técnico, era considerado, por así decir, un científico de segunda, una especie de mecánico que inventaba artefactos y, por lo tanto, no tenía lugar en la Academia, su lugar era el taller y no poseía estrictamente hablando un saber, sino un conocimiento de base técnico. El verdadero científico era el experimental, el que descubría, el que pensaba, el que lograba penetrar mediante estudio, reflexión y mucho talento en de los arcanos de la naturaleza y podía explicar su estructura y modo de operar.

Sin embargo, en la primera mitad del siglo veinte hubo en los EEUU un enfrentamiento en el seno de la Academia; algunos se dieron cuenta de un hecho incontestable: desde Edison hasta el teclado del ordenador los verdaderos motores del llamado “desarrollo americano” habían sido, precisamente, los inventores de artefactos industriales (el motor de explosión, la radio, nuevos materiales constructivos…), los tecnólogos propiamente dichos, aquellos que, hasta entonces, eran considerados por la Academia como meros aplicadores en la praxis de los descubrimientos científicos, meros científicos de segunda. Fue a partir de esta observación tan simple como poderosa que empezaron a alzarse voces en el seno de la Academia reclamando para los técnicos un saber que si bien derivaba del saber científico experimental, era autónomo y distinto; y se le dio nombre: Saber ingeniero o de invención. Sin embargo, esta reclamación no tenía base metodológica establecida y los académicos se vieron en la necesidad de introducir un concepto nuevo que definiera mejor a este –incipiente- saber diferencial propio de las ciencias aplicadas con respecto al científico experimental o social: se las llamó “tecnologías del pensamiento”. Herbert A. Simon, uno de los padres de esa tan extraña como estúpida cosa que definimos como “inteligencia artificial” introdujo una noción capital referida a la ingeniería informática: el conocimiento propio de la ingeniería informática se explicaría como una “ciencia de lo artificial” y como una “ciencia del diseño”. Esta definición ha sido referida por extensión a todas las ciencias aplicadas y en especial a la arquitectura, que es “diseño” o “pensamiento”, ciertamente, pero ciencia (aplicada) y conocimiento tecnológico al fin y al cabo.

El órdago interpuesto por Herbert A. Simon sublevó a la Academia, pero no fue hasta diez años más tarde que se produjo la verdadera revolución. Y vino de parte de los historiadores, en especial de David F. Noble: el saber de invención tecnológico, en toda su amplitud, es calificado como “industria basada en la ciencia” y es el resultado de “… la boda -convenida y forzada por los intereses del capital- entre la ciencia (experimental) y las artes útiles (técnica)” –y no con las artes propiamente dichas, que no entran en consideración-. Este saber tecnológico ya tenía definición y objetivo y, si bien se basaba en el saber de descubrimiento experimental, se instauró como saber autónomo. Y todo saber debe tener su lugar de transmisión, es decir, le faltaba Universidad. Así nació el Massachusetts Institute of Technology (M.I.T)

El aspecto característico de los artefactos industriales es doble: por una parte, su utilidad, del tal forma que decir “artefacto industrial” es decir “artefacto útil” (aunque des del saber de invención es una obviedad que un artefacto ha de ser útil –aunque, a veces, esta obviedad quede en entredicho-, des del saber científico no lo es tanto, pues para él la utilidad es secundaria, lo importante es el descubrimiento, tuviera o no una aplicación directa en la praxis); por otra, es la venta: si no se vende, no se produce; el interés del capital está en la base del saber ingeniero.

Por lo tanto, el interés del capital, único y verdadero poder fáctico, requiere invención, producción y venta de artefactos industriales, y el artífice para asegurar esta perversa trilogía es el saber de invención, el ingeniero propiamente dicho.

Posteriormente, Walter G. Vincenti, ingeniero profesional procedente del campo de la aeronáutica, reflexionando sobre su propia experiencia, fue quien estableció por primera vez una distinción nítida entre saber ingeniero (en tanto que ciencia aplicada, así también la arquitectura) y saber científico como dos paradigmas globalmente autónomos. Lo que llamó el "diseño radical" o "invención" de artefactos sería la finalidad del saber ingeniero y base de "diseños normales" y "aplicados" mientras que la finalidad del saber científico es el descubrimiento de objetos o fenómenos en presencia. Recogiendo el supuesto de Walter G. Vincenti, Arcadio Rojo, profesor de la Universitat Pompeu Fabra, realizó una Tesis doctoral antropológica en el seno de la comunidad ingeniera informática de la Universidad Carnegie Mellon. La cuestión era una revisión crítica del concepto de tecnología, en tanto que "diseño radical" o "invención", que se distinguía radicalmente del paradigma científico. En este sentido, ha sido Arcadio Rojo quien ha establecido esos dos paradigmas como definitivamente autónomos: un saber de invención, (conocimiento ingeniero-arquitectónico) cuyas finalidades son radicalmente distintas de las científicas, que sería un saber de descubrimiento.

La Arquitectura actual es el fiel reflejo de una sociedad mecanizada y tecnocrática. Gracias a la Ciencia aplicada, la razón lógica ilustrada se ha convertido en razón tecnológica. Esa férrea dictadura de la razón tecnológica ha acabado, ella misma, por convertirse en la auténtica ideología de la modernidad occidental. Y la obra de arquitectura, cuando no la Arquitectura en sí misma, es el mejor y más claro ejemplo del saber ingeniero o saber de invención, expresión deslumbrante del conocimiento tecnológico, sea esta tecnología un lobo disfrazado de cordero sostenible. Pero hay más: la Academia de las Ciencias se ve a sí misma como neutra, su actividad se sustenta en una supuesta ausencia de valores, en ser pura objetividad. La Ciencia moderna pretende no ser ni tener cultura, porque la cultura son valores, creencias, opiniones... Un científico oriental y uno occidental que investiguen, por ejemplo, sobre el cáncer no pueden ser distinguidos, pues su labor no se fundamenta en valores sino en reglas objetivas experimentales: sólo discuten sólo sobre aquello comprobable, demostrable y objetivo: la verdad sobre el mundo, el hombre y el cosmos deviene de un conocimiento objetivo de la realidad basado en leyes y principios y cuyo fundamento es el experimento comprobable. Sin embargo, paradójicamente, esta ausencia de valores se ha convertido en la verdadera cultura de la modernidad: la cultura moderna se caracteriza por no pertenecer a ninguna cultura; los valores son la ausencia de valores; la negación del conocimiento, la agnosis, es el conocimiento. Esto explica antropológicamente la ausencia de sentido de lugar en la mayoría de obras de arquitectura: cualquier edificio tecnológico puede estar en cualquier parte del planeta, pues el arquitecto no atiende a culturas, sino que objetivamente tiene su propia cultura: la que le proporciona el saber ingeniero de invención, la ciencia aplicada.

UN POCO DE PRESENTE

El rol objetivo de la arquitectura actual es que de la boda entre ciencia (es decir, para nosotros, saber constructivo, sea este saber constructivo un saber de construcción de naves espaciales) y "artes útiles" o saber ingeniero nace la concepción del arquitecto moderno en tanto que "científico útil", es decir, un tecnólogo (en este sentido también un "artista útil"), que se sirve de la ciencia (experimental y/o social) única y exclusivamente para inventar "artefactos útiles": los Edificios, que deben cumplir, y cumplen, con la tríada característica del saber ingeniero: invención, producción y venta.

Desarrollamos básicamente el saber de invención; en otras palabras, no hacemos más que aplicar conocimientos, no aportamos ideas, pues las ideas se descubren, no se inventan o, mejor dicho, pensamos, con Aristóteles y Descartes, de los cuales somos hijos intelectuales, que las ideas sólo sirven para inventar. El “edificio escultura” formulado por Giedion se ha convertido en un vulgar artefacto del saber ingeniero. Al ser Ciencia aplicada y pura tecnología, la arquitectura actual (la occidental) es una arquitectura sin valores, porque la Ciencia no atiende a valores sino a hechos, “una arquitectura del olvido”, pero mejor lo dijo Paul Valéry: una “arquitectura viuda”, y nosotros somos los hijos de la viuda.

Así es como nos ven los demás y, en particular, los legisladores que no encuentran contradicción alguna en el hecho de igualar la arquitectura con la ingeniería. Para ellos se trata de, más o menos, lo mismo, por el simple hecho de que hay coincidencia en los fines, luego los medios son intercambiables. Para el ingeniero y para el legislador la cuestión es bien obvia: la estática y la técnica tiene rango preferente y absolutista, la estética es relativa (léase el término “estética” en su sentido más amplio y para entendernos rápidamente, aunque en él reside una gran parte del quid de la cuestión; desde la aísthesis platónica, vinculada a la gnosis, a la eusynopton aristotélica, des del gusto romántico-ilustrado al “todo el mundo es bueno” actual se explica en gran medida el ocaso de la Arquitectura, y del arte y de las humanidades en general).

Obviamente, vista la Historia de la arquitectura y la naturaleza del arquitecto, todo ello no es que sea un despropósito, es una anomalía.

Si la arquitectura es considerada simplemente como algo utilitario, técnico y mercantil es porque nosotros hemos sucumbido a los intereses del capital y de tanto trabajar con la materia nos hemos hecho morrocotudamente materialistas.

Dicho de otro modo: se trata de una pérdida en lo más intrínseco de nosotros mismos; una pérdida de contenido trascendente. Cuando Miralles hablaba de las “líneas invisibles” que cada cual debía descubrir en el entorno inmediato que acogería su edificio, quizás nos estaba diciendo algo parecido, sólo que no lo comprendimos.

Y sin embargo, la Arquitectura tiene mucho de esta visión. La arquitectura, tal y como decía Eugenio Trías de la música, es una forma de gnosis.

UN POCO DE FUTURO

Entonces, el planteo general pasa por varias líneas de acción.

Primero, por una revisión crítica y en profundidad de qué es y para qué sirve un arquitecto: es muy elemental, pero hemos de plantearnos esta cuestión, resolverla nosotros mismos y luego explicarlo a la sociedad.

Segundo, por poner a la Academia en el centro de esa revisión: la Academia hace hombres y mujeres libres, no sometidos al poder del capital ni a la dictadura de la tecnología. Hemos de superar esa Academia, ya hemos dicho que más bien es un Liceo, anclada en valores humanísticos, racionales y especulativos, yendo hacia una Academia enraizada en los valores espirituales.

Tercero, por la revisión crítica del Colegio Oficial. Básicamente, el Colegio Oficial nos ha de representar frente a la sociedad: es el "lugar" de los arquitectos, no la sede desde donde los intereses del capital y el saber ingeniero reforman el oficio del arquitecto. El Colegio de Arquitectos es la sede de una Hermandad de orden intelectual con atribuciones ejecutivas para dotar a la sociedad de entornos habitables, además de preservar el legado intelectual del saber que representa.

O sea, más nos vale apartarnos del debate competencial. Este no es nuestro debate.

No es un problema de la Arquitectura, ni mucho menos de competencias, sino de los arquitectos que, por pura debilidad, a veces desidia, han sido inducidos a una crisis de identidad por el interés del capital. Pues, siendo verdad que hemos sido víctimas de sendos ataques, tanto des del ámbito del saber ingeniero como desde las instituciones públicas y del poder legislativo, siendo verdad que la liberalización de los honorarios, la reducción de los contenidos académicos, la proliferación de las Escuelas de arquitectura, la ley de contratos del Estado y, por fin, ese Anteproyecto de Ley de Servicios Profesionales nos han hundido en la miseria, no por ello dejamos de representar, para aquellos que verderamente lo atesorten, un saber ancestral enraizado en el núcleo cultural de toda civilización.

Lo que ocurre es que ha desaparecido de nuestra memoria colectiva un aspecto capital de nuestro oficio: dotar de alma el hábitat humano. Y decimos "alma" por no decir "espíritu", que es más ajustado a verdad pero menos claro para una mentalidad desacralizada como la nuestra.

(Continuará...)

Bibliografía citada:

Puig, Arnau, De una filosofía de la itinerancia. Acerca de un pensar nacido desde la existencia, Comanegra Ed., Barcelona, 2012. Passim.

Bunge, Mario, "Technology as Applied Sciencie", Technology and culture, nº 7, 1966;329/347.

Simon, Herbert A., The Sciences of the Artificial, The Massachusetts Institute of Technology, The Murray Printing Company, USA, 1969 y Administrative Behavior. A Study of Decision-Making Processes in Administrative Organization, Third Edition, The Free Press, Collier Macmillan Publishers, London, UK, 1976.

Noble, David, America by design: Sciencie, Technology and the Rise of Corporate Capitalism, Oxford University Press, 1977.

Vincenti, Water G., Wkat Engineers Know and How They Know, The John Hopkins University Press, Baltimore/Londres, 1990.

Rojo, Arcadio, "Percepción intelectual del tema. La invención ingeniera informática. La invención social. Un nuevo saber distinto del científico" Anthropos-164, Enero 1995, passim.

Rojo, Arcadio, “El conflicto entre el texto multilineal (Hipertexto) y el texto unilineal. Fundamentos antropológicos y filosóficos”, El Catoblepas, Revista crítica del presente-8.

Valéry, Paul, “Paradoja sobre el Arquitecto”, IN Eupalinos o El Arquitecto y Paradoja sobre el arquitecto, C. O. AA. TT. Murcia, Colección de Arquitectura-5, Murcia, 1982, Reimp. 1993.