CONFUSIONES IDEOLÓGICAS

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“La cosa empezó a andar mal cuando los maestros de obra tuvieron escuela y título de arquitecto. Con tanto título, jugaron a genios y se perdió la tradición.” J. A. Coderch, IN C. Fochs, José Antonio Coderch de Sentmenat, GG, Ed., Barcelona, 1998;246

Las "Confusiones ideológicas" que vamos a enumerar -y no están todas- son obviedades.

Sin embargo, la confusión es tal que no lo parecen.

Confusión ideológica (I)_ Una cosa es un arquitecto y otra uno que tiene el título de arquitecto.

La proliferación de Escuelas de Arquitectura y la más que notable reducción de los contenidos que se imparten conforman una máquina expendedora de titulos. Facilidad de obtener el título y escasa formación son problemas de base, problemas en el seno de la Academia.

Los nuevos titulados, en un entorno hostil y fratricida en el seno sistema occidental moderno, racionalista, especulativo y tecnócrata, acceden a un mercado de trabajo que, mayormente, requiere sus servicios técnicos especializados, despreciando sus valores humanistas y su talento. En un alto porcentaje, el cliente, público o privado, valora la crematística y tiende a ver al arquitecto como un técnico necesario -por ley- para lograr sus objetivos. Arquitecto e Ingeniero, de grado superior o técnico, son una y la misma cosa para una gran parte de la sociedad. Eso es cierto para la gran mayoría de arquitectos, fuera de los cuales están "los otros", de los que hablaremos más adelante.

En el fondo, hay mucho espíritu de funcionario, de técnico, de ilusionista, y a ello somos reducidos por la sociedad, por el político, el legislador y el juez. Sí, querido colega: quisiste ser arquitecto y te han reducido a un gestor funcionario, a un técnico, a un profesional necesario, a un “artista útil” para cumplir con ciertos requisitos legales, para validar los inventos del saber ingeniero y para colmar las aspiraciones burguesas de muchos clientes que, al final, acaban descubriendo que sin ti vivirían mejor.

Lo que prima es el interés del capital, y los arquitectos, la inmensa mayoría, son cómplices de estos intereses. A un gran número de arquitectos, les importa tanto el bienestar de la sociedad como su vanidad de ellos; son altivos en nombre del arte y de la ciencia, de las que, en el fondo, desconocen su alcance. A otros, no les importa más que cumplir con ciertos requisitos técnicos, legales y administrativos siendo que esto les parece su única obligación, y en esta obligación circunscriben sus conocimientos, y llegarán a convencer a muchos que esos conocimientos colman el saber que en vano quieren representar. En mayor o menor grado, los arquitectos se han endiosado ellos mismos cubriendo de vanidad su falta de oficio. ¿Hay que recordar las palabras de Juan Caramuel de Lobkowitz cuando nos recuerda que la única virtud que de verdad nos es exigible es la humildad? ¿Acaso no vemos que al arquitecto ilustrado le ha sobrevenido un arquitecto deshumanizado rico en aplausos, o un arquitecto desnaturalizado abrumado y subyugado por el saber ingeniero?

“… el arquitecto es un gran pobre, deambulando por el mundo pidiendo siempre limosna; cuando alguien tiene a bien dársela -en forma de piedras, metales, agua... etc.- ocurre que invierte más tiempo en saber el qué y el cómo que en construir la Obra en sí; aún más, necesita obreros que le ayuden, sin los cuales su obra es papel mojado. Sin alguno de estos requisitos se queda en blanco la Arquitectura” (Juan Caramuel de Lobkowitz)

No hay nada más insostenible que el ejercicio de la profesión tal y como se desarrolla en la actualidad y que las edificaciones o planteamientos que surgen de esta ignorancia, que son tremendamente insanos e insalubres, inducen a la enfermedad, al desasosiego, a la alteración y a la enajenación del ser humano con respecto al entorno y con respecto a sí mismo.

La ceguera y parquedad intelectual dominante ha reducido el Oficio a una mera Ciencia aplicada o, en el peor y más común de los casos, a un mero ejercicio plástico con un interés vago y mediocre en la funcionalidad. Es decir, con un interés bastardo por el bienestar de la sociedad, a la cual servimos. Todos tenemos más o menos conciencia de que servimos a la sociedad, sin embargo, circunscribiendo nuestra actividad a una mercantil, administrativa y ejecutiva cometemos un fraude a la sociedad.

Confusión ideológica (II)_ Una cosa es un arquitecto, otra uno que tiene el título de arquitecto y otra un arquitecto estrella.

Los "mediáticos" (arquitectos estrella -más o menos globales-) dan a entender a la sociedad (y también a los otros colegas), avalados por el mercadeo de premios que se reparten más o menos siempre entre los mismos, que la arquitectura es lo que ellos hacen, lo cual no es sorprendente, pero sí deleznable porque una cosa es una obra de arquitectura y otra un artefacto tecnológico, por mucho que este último hunda sus razonamidentos compositivos, plástic0s o estéticos en esa materia de la que están hechos los sueños.

Esa élite mediática merecería un capítulo aparte, sin embargo, en realidad se puede decir en pocas palabras –lo diremos poniendo un ejemplo y ya está, ejemplo puesto con todo el respeto posible, vaya por delante-: en nuestro país, se ha conformado una singular asociación llamada “Arquitectos por la arquitectura” (AxA), que agrupa a profesores universitarios y profesionales de “reconocido prestigio”, que imbuidos de ilustración y humanismo no son más que los representantes de ese saber ingeniero... ese saber ingeniero, por cierto, que tanto menosprecian, del que se quieren diferenciar y frente al que no dudan en desatar sus más feroces críticas vía confrontación con esa insípida y mercantilista "ley de servicios profesionales".

Sin embargo, son los artífices de la mayoría de esos artefactos útiles poco comprometidos por la funcionalidad –es decir, en el fondo, inútiles- a los que nos referíamos más arriba denunciados por Federico Correa cuando le dieron el Honoris causa (apunte periodístico en La Vanguardia, 31 octubre de 2008). A Correa nadie le hizo caso; es desolador ver cómo los maestros de maestros caen en el olvido de los arquitectos ilustrados cosmopolitas.

Para ser de su club, hay que presentar, al menos, dos avales –naturalmente de entre sus socios- y un currículum, suponemos que para asegurarse de que tu no eres uno de esos que sólo tiene el título de arquitecto o un arquitectos tasador o un arquitecto redactor de informes de defectos y patologías, uno de esos que, en palabras del presidente de ASEMAS, no son más que mercenarios al servicio del interés del capital (Carta de Fulgencio Avilés a todos los colegiados, de 27 de diciembre de 2012), es decir, para asegurarse que no eres un “arquitectos de segunda”. ¿Si somos todos arquitectos, por qué la restricción? ¿Acaso un arquitecto que oficia discretamente y anónimamente con profesionalidad, seriedad, humildad y honradez no puede ser un “arquitecto por la arquitectura"? La respuesta puede ser afirmativa, pero prefieren que estés en otro sitio, no vaya a ser que -a sus ojos- tus obras mediocres ensucien su elitista "talante" socioliberalburgés.

Uno de ellos se quejaba de que la sociedad, y los ingenieros en particular, reducen al edificio a una simple máquina… ¡pero si hemos sido nosotros los que hemos dicho a la sociedad que la vivienda era una machine à habiter! El gurú de la modernidad –paradigma del científico aplicado y “artista útil”, pues tiene la habilidad de convertir el artefacto en una “obra de arte”, y convencer de ello a todos- así lo estableció y nosotros, insensatos, nos lo creímos y nos hemos pasado casi cien años repitiéndolo. ¿Qué esperamos ahora?

“La habitación no es un objeto, una 'machine à habiter': es el universo que el hombre se construye imitando la Creación ejemplar de los dioses, la cosmogonía”. (Eliade, Mircea, Lo sagrado y lo profano, Labor Ed., col. Punto Omega, Barcelona, 1983;54)

“Admiro su arquitectura pero no tolero su filosofía” (Rubió i Tudurí, Nicolau M., “En front de Le Corbusier”, La nova revista-8, Barcelona, 1928)

Quizás, cuando Peter Eisenman dice que un nuevo paradigma arquitectónico llegará en 2020 se refiera a la superación de esta modernidad mecanizada.

Otro socio del club “AxA” decía en El Periódico, 24 de enero de 2013, que “…arquitecto viene del griego árche, dirigir, guiar, y de técton, inventar o construir…”; excusamos argumentar lo obvio, a saber, que la cosa, para ellos, consiste en inventar. Juegan a ser dioses en un Olimpo chorreante de sangre capitalista (Marx dixit)

Son como ingenieros disfrazados de arquitecto. Como lobos feroces disfrazados de lobos esteparios.

El desconocimiento del significado profundo del vocablo es demoledor. Sólo por aclararlo un poco, en su forma griega, el sustantivo αρχιτεκτων es un compuesto de αρχω (árkhõ) y Τεκτων (téktõn); en una primera aproximación árkhõ alude a lo que es primero e intangible y téktõn a lo que es último y tangible. Si árkhõ fuera “idea”, téktõn sería “cosa”

Podría decirse que architéktõn alude a una radical forma de prâxis humana en virtud del cual la idea se materializa o “tectoniza” o, como dicen los filósofos, se cosifica. El concepto de materialidad (téktõn), al igual que el concepto de inmaterialidad (árkhõ), es inherente al termino y, en consecuencia, al acto. En pocas palabras, architéktõn hace referencia a un acto (una radical y genuina forma de prâxis –Zubiri-) en virtud del cual ocurre algo que a todos nos gusta que acontezca de vez en cuando: ocurre que las ideas se hacen realidad.

Para la Arquitectura, esa realidad es su condición de habitabilidad; luego, ocurre que las ideas se hacen habitables. Las ideas, como hemos dicho antes, no se inventan, se descubren. El término “idea” es escurridizo; no es la “idea” que simbolizamos con una bombilla encendida, esa es la “idea” del ingeniero.

Es la idea del arquitecto que descubre un orden invisible implícito en el Orden visible y la hace habitable, con todo lo que ello implica, desde lo más elemental a lo más preferente; es decir, hace habitable el mundo para una civilización concreta dándole significado y significante. Y es justamente este “hacer-las-ideas-habitables” lo que requiere de la scientia architecturae.

La confusión viene de Aristóteles, cuando en Met. 980ª30 dice que αρχιτεκτων es simplemente el “primero de los obreros”, el “jefe de obra”, y esta confusión –en el fondo, una reducción del significado etimológico hecha por un filósofo que nada entendía de arquitectura - ha quedado establecida como cierta (¿quién teme al lobo feroz?) y ha sido el primer paso en deslucir y aniquilar el Oficio.

Brevemente: es el architéktõn el que instaura de hecho un nuevo paradigma. El architéktõn engendra un mundo, trae a presencia un todo único coherente en sí mismo, un Ente (=Obra de arquitectura) imagen de la diversidad del Mundo y, en tanto que tal, explicita una cosmovisión, la hace habitable.

Hay una lucha fratricida y un juicio ético y estético ad hoc que culmina en el desprecio de todo lo que no son ellos. En la intimidad de su corazón piensan: yo soy el bueno (buen arquitecto), el otro es el malo (estúpida dualidad excluyente). Yo hago arquitectura y paso a la historia, el otro, pobre, hace lo que puede. Ambos somos arquitecto con título, pero el auténtico, el sensible, el creativo (“el fino”, se llamaba allá por los años 80 en la Escuela de Barcelona) soy yo… etc., etc., etc.

Sin embargo, una cosa es “el mediático” y otra distinta el maestro en el oficio, admirado y respetado por sus colegas y más o menos conocido por la sociedad. Pues, en efecto, hay muchísimos profesionales comprometidos con el oficio, heroicos y leales; honrados y cultos; pensadores en el seno de una sociedad que no piensa. Defensores del Arte y de la Ciencia. Hombres y mujeres, lobos esteparios con corazón de arquitecto, que lo son pese a no salir en las revistas, o saliendo en ellas ofreciendo maestría, profesores universitarios que predican con el ejemplo comprometidos con la historia; hay, entre nosotros, maestros y maestros de maestros aún vivos ante los cuales uno se queda perplejo por el raudal de sensibilidad y creatividad que puede emanar del espíritu humano... y, mira por donde, no hace falta que pertenezcan a ningún club. Es más, mejor que no pertenezcan a ningún lugar. El auténtico arquitecto desaparece frente a su obra, desaparece frente a la sociedad.

Confusión ideológica (III)_ Oficial y legal

El Colegio Oficial de Arquitectos de España, y los subsidiarios autonómicos, se ha subido al carro de la Ciencia aplicada, de la tecnología, del aparato funcionarial, aunque parezca comprometido con la cultura a golpe de exposiciones y manifiestos de rabieta adolescente que no aborda el problema de fondo, casi como para no perder la costumbre. Los Colegios Oficiales defienden la Arquitectura frente la Ingeniería y nos dicen que tenemos que reciclarnos, lo que, muchas veces, suena a que tenemos que reformarnos; necesitamos un Colegio Oficial, no un reformatorio, que defienda los arquitectos de los maestros de obra (Coderch dixit), ahora también de los funcionarios y tecnólogos que tienen título de arquitecto; es decir, que defienda el Oficio, lo que, por otra parte, sería lo lógico a menos que se haya confundido Oficial con Legal.

Confusión ideológica (IV)_¿Por qué lo llaman edificar cuando quieren decir construir?

Quienes hemos estado en activo durante los últimos 30 años hemos asistido a un vertiginosos cambio en el ejercicio de la profesión; el oficio se ha ido perdiendo mal les pese a los Académicos ilustrados y nosotros hemos asistido al entierro.

Sólo enfrentarse al Código Técnico de la Edificación (CTE) (redactado por ingenieros, por cierto, pues si hubiera sido redactado por arquitectos se hubiera llamado Código Técnico de la Construcción, que sería lo suyo -claro que también teníamos la Norma Técnica de la Edificación (NTE) y la Norma Básica de la Edificación (NBE)… es decir, la cosa viene de lejos- pues una cosa es edificar y otra construir, con perdón por la obviedad) y al Decreto de habitabilidad es una tarea demoledora, además de absurda en muchos puntos. El CTE se establece para que la tríada antes mencionada, a saber, invención, producción y venta de artefactos útiles, se cumpla obligatoriamente, bajo espada punitiva ¡ojo!.

Un edificio, como una lavadora, debe cumplir con la calificación A, B, C…; si no la cumple no es un artefacto útil que pueda venderse como producto ingeniero. Y eso es todo.

Una proporción del espacio bien encontrada hace más por la salud física y mental que diez mil metros cuadrados de pompa y voluptuosidad, aún teniendo la calificación “A”

Sin embargo, el CTE siendo necesario en muchos sentidos, pues nos enfrentamos como colectividad humana a grandes desafíos para mantener el planeta vivo, pero pretendiendo la sostenibilidad se hace insostenible él mismo porque uniformiza con total desprecio, por ejemplo, por el concepto de tipología y morfología, luego, es excluyente; nos impele a aplicar ideas, pero nos hurta de aportarlas.

Nos hurta de parte de nuestra responsabilidad y de la arquitectura: comprometerse con el lugar. Hay que abolir el CTE, no queda otra: es el arquitecto quien debe aportar la solución óptima en cada caso.

Se trata, como insiste Arnau Puig, de aportar ideas, no de simplemente de aplicar ideas (Arnau Puig, De una filosofía de la itinerancia)