PARADIGMA LINEAL Y EVOLUTIVO

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Paradigma lineal y evolutivo.

El Paradigma lineal y evolutivo se basa en dos supuestos filosóficos aristotélicos:

Postulado primero. Libro VII de la Poética de Aristóteles: “Está y es entero lo que tenga principio (αρχην), medio (μεσον) y final (τελευτην); siendo principio (αρχη) aquello (δε εστιν) que no tenga que seguir necesariamente a otra cosa, mientras que otras cosas tengan que seguirle a él o para hacerse o para ser; y fin, por el contrario, lo que por naturaleza tiene que seguir a otro, sea necesariamente o las más de las veces, más a él no le siga ya ninguno; y medio, lo que sigue a otro y es seguido por otro.” (Aristóteles, 1946). La realidad, la percepción de la realidad y todo aquello que llegue o pueda llegar a ser, sea de forma natural o artificial (fruto de la acción humana) debe necesariamente tener un principio, un desarrollo y un final.

La misma realidad universal –la Physis- tiene un principio, un desarrollo y tendrá un final; el principio y el final están implicados en un proceso evolutivo único y coherente no habiendo nada que escape a él. Por supuesto, la actividad artística y científica queda igualmente afectada por este postulado: hay un arte y una ciencia antigua o arcaica y otra moderna (sin que “antiguo” y ”moderno” tengan ahora un estricto significado temporal) y, necesariamente, el segundo es la evolución del primero, representa una “mejora” en el camino arduo de evolución del pensamiento y el conocimiento humano.

“Lo nuevo” es siempre una mejora de “lo viejo”, lo moderno de lo antiguo, aunque pueden darse momentos históricos en que aparentemente acontezca una involución o merma de contenidos, pero eso es sólo una cesura en un proceso lineal y evolutivo. Es justamente el desarrollo científico y tecnológico el indicativo de este avance, pues en cuestiones relativas a la ética, moral o creencias, léase en sentido amplio, cuestiones filosóficas o teológicas o teológico-filosóficas, el ser humano siempre estará inmerso en una niebla existencial. Este último punto lo define con precisión Descartes: “la duda” marca este límite, lo “claro y distinto” es siempre garante de la objetividad, de la evolución y del progreso.

Postulado segundo. Dice Aristóteles al principio de la Metafísica que la visión es el órgano o instrumento fundamental que nos sirve para aprehender la realidad, y que esa visión viene acompañada por la razón. Sin embargo, esta razón no puede ser subjetiva, sino todo lo contrario, por lo que establece otro aspecto fundamental del Paradigma: la formulación de la eusynopton, correcto-con-visión o visión sinóptica (συνοπτικος), Poética 1450d-1451a y Ética a Eudemo, 1230 b31: todo lo que no es abarcable mediante la visión (razón), dice Aristóteles, no es “correcto”; es decir, todas las cosas han de tener una presencia formal –lógica- que sea perceptible clara y distintamente, puntualizará siglos más tarde Descartes, sin que lleve a equívocos: la "buena (y bella) forma" es la que se puede ver (aprehender) correctamente, la que se hace clara a la visión, al entendimiento (a la razón), de manera que no cabe duda alguna sobre su realidad o totalidad; y esta es la base del experimento comprobable que fundamenta la ciencia empírica y experimental

Sin embargo, si esta “visión correcta” se aplica mutatis mutandis a la percepción táctil, plástica o a una trama narrativa, que es a la que se refiere Aristóteles, se establecen los principios mediante los cuales se rige la percepción estética que, paradójicamente son principios relativos a la subjetividad, pues, lo eusynopton depende del sistema cultural en que se esté inmerso.

Esta norma aristotélica referida a la obra de arte ha sido mantenida, poco más o menos fielmente, hasta el s. XIX; la aceptaron Virgilio y Dante, Goethe y H. James (es lo que llama “la sublime economía del arte”), Cézanne y Matisse (“en un cuadro, decía, cada parte desempeñará el papel que se le ha asignado...”), Chéjov: “... si en el primer acto de un drama se ve un fusil colgado de la pared, ese fusil tiene que utilizarse en el último acto”, y tantos otros (Vid. Duckworth, Structural Patterns and Proportions in Vergil’s Aeneis, 1962). Como observa Kahler (La desintegración de la forma en las artes; 17-18): “Las novelas de vanguardia de nuestro siglo –Ulises de Joyce, Doctor Faustus de Mann, La muerte de Virgilio de Broch...- han llegado a serlo, en su mayoría, tras años de labor intensa, de sopesar y considerar cada movimiento y palabra, hasta alcanzar un extremo de la construcción orgánica: de hecho, constituyen paradigmas muy amplificados del concepto aristotélico de la forma artística”.